Democracia and Spain

  

 
 

Josephine se bañó.
Desnuda se lanzó a la piscina de sangre en forma de piel de toro.
Buceaba y nadaba feliz porque nadie le iba a molestar; hacía ya tiempo que no se podía entrar en esa parcela, donde el sol y el aceite manaban.

Llegaron los sacerdotes con sus espadas mojadas en lubricantes blanco, pero Josephine tenía loción anti-mosquitos y los ahuyentó.
Lo malo es que era de noche y Josephine no podía ponerse morena, como deseaba. Josephine era una mujer bella y joven codiciada por muchos hombres, pero la consideraban como muy inteligente y algunos la temían.

Nadaba varios estilos y la luna brillaba roja en sus movimientos.
Buceando, buceando alcanzó a divisar una cruz enmohecida, brillante... Sin embargo, no le dió importancia. Cada vez que emergía, tenía un aspecto aterrador empapada de sangre. Así los mirones huyeron, con mucho pavor.

Josephine amaba la luna y también al prado de alrededor.
Le pasaba algo muy curioso: cuando se sumergía en la piscina, era muy feliz. Pero cuando salía oía unos lamentos que le ponían muy nerviosa, la alarmaban se incitaban a volver a tirarse.
Josephine se sentía insegura, como si sobrara. Pero a la vez tenía muchas ganas de bañarse.

Los sacerdotes volvieron con máscaras antigás y elevaron sus espadas. Josephine se sintió acabada, sin ahuyentamosquitos.

FINAL A: Desgraciado y pudo ser.
Los veintitrés sacerdotes entonando un himno rodearon a la pobrecilla con capas negras y rostros de odio; alzaron sus sables y en un rito horrible, castraron a Josephine, la trocearon y se la comieron cruda. Los sacerdotes reían pero unas gotas de sangre calleron al césped que rodeaba la piscina y fueron semillas. Los mirones, hipócritas, lloraban, se lamentaban y juntos formaron una asociación económica.

 FINAL B: Esperanza.
De la piscina surgió un joven príncipe, que también iba desnudo, y colgando a sus espaldas dos botellas de oxígeno. Los sacerdotes no le pudieron detener. Había nacido en los barrios bajos de la capital.
Josephine se sintió más mujer y se abalanzó sobre el príncipe y juntos, con la luna, amáronse sobre el césped.

Los sacerdotes al verlo, se derritieron, pero no fueron semillas.
No hubo más lamentos y muy juntos fueron a repetir en el agua cristalina de la piscina.

Josephine era dichosa. Estaba embarazada de una niña que se llamaría Libertad.

 

 

 

Volver a la Portada