Pasajeros difuminados

  

 
 

Voy en tren y absorbo el rítmico traqueteo de los roces. Esas piedras que dan miedo ser pensadas en ese suelo veloz; sus aristas son blancas y peligrosas. Sobre raíles anónimos me deslizo en un salvaje desplazamiento. Es curioso: no importa mucho que el tren sea viejo o nuevo, siempre traquetea.

Ella me mira y veo su contorno; su contorno es mi deseo porque viaja a mi misma velocidad.

Antes se ha cruzado un tren repleto de pasajeros difuminados: ellos van más aprisa que yo y en dirección contraria. El otro tren ha pasado cerca, a escasos palmos de mi mirada en el pasillo del vagón. Los pasajeros difuminados que he visto son como fantasmas: me dan miedo, se me quieren llevar allá adónde sea que vayan; en este vagón estamos dos, ella y yo, seguro que se han llevado a los demás pasajeros

Los pasajeros difuminados carecen de contornos, no siento el deseo, eso que bulle. Son colores y manchas que cambian en cada fotograma de mi visión. Ellos son cómo hipótesis de mi experiencia, conjeturas de mi presente.

- ¿Quieres un caramelo de menta?  -ella me observa con sus enormes ojos grises, como si le faltara algo por llorar.
¡Cómo voy a negarme!
- Gracias.
- Mi marido los detesta, odia mis caramelos de menta, pero hace poco lo pillé comiendo caramelos de regaliz.
- ¡Qué desalmado! –En una punzada irónica, hallo el poder de relajarlo todo. La tensión que muestran sus caramelos es densa y dañina. Ella puede sonreír ahora y sonríe.
- ¡Acércate! -Estamos separados unos cuantos asientos vacíos porque los demás son ya pasajeros difuminados que llegaron a su destino y oigo esa canción lastimera de la mujer en esa voz forzada de la distancia.

Ella me ofrece esa compañía del trámite de las personas que se aman, que huyen de la soledad. Me pregunto si me podría enamorar de esa mujer. No, no, es demasiado hermosa y elegante. Somos como los pasajeros de los trenes que pasan cerca, en sentido contrario, como el mecanismo del mar y sus corrientes. No podemos amarnos porque ella me dice que tiene las manos llenas de anillos. Es curioso que ella me lo diga, pero es su principal tesoro, su principal tema de conversación: sus atracciones premeditadas, sus seducciones, sus conquistas y sus fracasos; sobre todo sus fracasos. Hablamos de todo, pero sobre todo de ella.

Conectamos enseguida y me sumerjo en ese hambre de relaciones humanas que nos regala una confidencialidad, un secreto que nadie más comparte. Nos encontramos, como ese pasajero difuminado que me mira una fracción de segundo. En esa mirada, en ese microsegundo me lo dice todo, hasta lo que nunca oiría. No sé si es hombre o mujer, si ríe o llora. No sé. No importa.

Ella me habla de su marido y de su amante, de su verdad. Yo le hablo de las cosas abstractas que me suceden, en esas cosas que me soportan desde lo anodino de mi existir. De cuando fui niño y me llamaba a mí mismo como mi propio héroe.

- Bueno, tú estás allá y yo aquí. No entiendo a la gente.
Estamos solos en el vagón. Cuando constato nuestra intimidad, algo me aplasta como una losa de pánico. La miro y me mira y sé que es un fantasma. Lo juraría porque ella ya no tiene contornos.
Ella me ofrece un beso y me entrega su cuerpo envuelto en un traje sencillo y  de algodón oscuro: verde, azul o negro, pero no se mueve: espera a que sea yo el que me mueva. Detecta mi miedo como buen predador. Ella me dice cosas a media voz. Es como una cruenta batalla de no voy y sé tú el que me vienes y ven que te espero.

Me cuesta concentrarme en ir o venir, es una bruja porque esparce miedo y está difuminada. Carece de los contornos que dibuja mi pasado. Tengo que soportar no ir hacia ella, pues me engaña su amor, es falso y sé que ella va a la caza. Ella disemina frío, su aliento frío le delata y cuando me encojo o me estremeco en mi jersey, ella sonríe. Puedo imaginarla entre los difuminados, frágil como ese canto lejano.

Cuando el sudor empapa mi piel y mi contorno, ahora lleno de brillo, ella se levanta con gracia y viene hacia mí; sus pasos son graciosos, cortos. Su sonrisa  en esos ojos de seguridad se clavan en mi rostro, ese rostro imperfecto del deseo con el que jamás me he podido enfrentar. Tengo frío y sumisión cuando la joven me da sombra de la penumbra de esos pocos watios de luz fría. Ela mira mí mísero cuerpo y tiemblo; sé que soy suyo y que obedeceré cualquier exigencia. Ella está a pocos centímetros y mis ojos en sus caderas. Si miro hacia arriba me choco con esos hermosos ojos que brillan exultando seguridad; ella se afianza en mi deseo. Ella lo sabe, pero, ¿cómo lo sabe?

En medio de la luz fría y del traqueteo del tren, ella coloca los brazos en jarras, las manos en sus caderas. No sé si excitarme o gritar. Ella se acerca más en una sonrisa triunfal. Mi vista choca con su pubis, sus pechos desde mi abajo o su triunfo impreso en su mirar.

De pronto,  todo se obscurece, no hay luz, es un túnel en la noche. Unas luces tintinean en la ventanilla, son las mil farolas quietas en el túnel que mi vista fija en el desplazamiento del tren. El traqueteo se hace más evidente, pero escucho como un susurro de ultratumba que cesa repentina, bruscamente.

Instintivamente, al mirar por la ventanilla, un tren pasa por la vía anexa. Va en dirección contraria y la chica está ahora en ese tren de difuminados. Los trenes se cruzan en un instante, y sus manos se aplanan en el vidrio de su ventanilla. Su nariz se pega al vidrio como un niño glotón en el escaparate de una pastelería. Ella me mira instantáneamente con pánico atroz. Pierdo sus ojos difuminados en la lejanía. Casi siento alivio.

Vuelve la luz de mi tren. Está anocheciendo, me cuesta acomodar mi mirar; froto mis párpados y  ella no está, estoy solo en el tren.
 
 
 

 

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