El color de la soledad

  

 
 

Sentir la soledad entre los demás y
sentir a los demás entre la soledad


- Me pregunto cuál es el límite, hasta donde puede sentirse una sola, no necesitar a los demás, dedicarme a mis cosas...
Alguien miró de soslayo intentando no personalizar; pero era inevitable, había un tinte de sí mismo en lo que le dijo. Calló; aprendió a escuchar en una prisión sin delito -o por lo menos, así lo creyó- y hacer florecer un silencio repleto de significaciones...


- Sí, quiero saber de mi soledad...


El viento quiso contestar pero estaba demasiado ocupado frotando eróticamente las ramas de uno u otro roble.


- Bueno... -dijo y la voz le cambió- A todo se hace uno, a buscar su intimidad o a las forzada soledad. La gente se adapta y adapta y siempre necesitaremos a los demás, siempre. La vida es intercambiar cosas con el otro, somos porque hay otros que nos nombran.


Ella miraba a un lugar que solo ella supo, ya que estaban hablando por teléfono. Siguieron hablando siendo testigos de su propia miseria, ese miedo miserable que nadie le pone palabras y es a la soledad.


Dejaron de hablar, colgaron; se veía que estaban solos, individuales, fardando de una independencia artificial e imposible. Y perdidos, buscando la intimidad que les haga descubrirse.


Un gato le dijo:
-¿Libros? ¿Vídeos? ¿Espera? ¿Imaginación destructora? ¿Por qué no construyes y no destruyes? Siempre hay cosas de todos los hombres y quieres estar sola con toda esa carga. Los gatos somos los más independientes, pero no tenemos intimidad.


Ella no se levantó del sillón. Le hablaron animales, plantas, formas, rincones… hasta que un rayo oblícuo que chocaba con los orificios de una vieja persiana le dijo así:


- Somos fugaces todos. Somos rayos que chocan contra superficies planas y siguen adelante, hasta que nos consumimos. Tu soledad empieza y acaba donde te consumes; mientras tanto, sólo tienes que dejar descomponerte en el arco iris.


VICENTE, 22 DE MARZO DE 1997

 


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